miércoles, diciembre 21, 2005

31. dios no existe

Una terrible inundación en un país tercermundista...
La naturaleza se ha vuelto loca y ha desatado su furia contra los más desfavorecidos. El agua lo ha arrasado todo a su paso... casas, comercios, jardines, vidas humanas... miles de muertos arrastrados por el fango.
Una mujer semianalfabeta da gracias a dios entre lágrimas y lamentos porque su hija se ha salvado de la tragedia. Sus otros siete hijos fallecieron llevados por las aguas, pero ella sigue dando gracias a dios de todos modos.

Ese dios puede guardarse para sí mismo esa clase de compasión y bondad eternas suyas y metérselas en lo más hondo de su recto infinito.

dios está en todas partes, dicen algunos...
Y mientras alzan sus manos al cielo y sonríen henchidos de dicha y de gloria eternas, rezan sus oraciones y piensan unos instantes en toda la miseria del mundo dando gracias al señor por no ser tan desgraciados como otros.
La fe cristiana es uno de los inventos más sorprendentes de la humanidad... uno puede desatar todo el mal que lleve dentro sabiendo que al final bastará con un sincero arrepentimiento para obtener el perdón divino.

dios hizo al hombre a su imagen y semejanza...
¿Por eso a mí me hizo ateo? Menuda contradicción.
¿Nací ateo o me hice ateo?
Nací ateo, como todo los seres del mundo, y con el paso del tiempo usé la razón para reforzar mis no-creencias, si es que lo obvio necesita de refuerzos.
No soy mejor ni peor persona por saber cual es mi lugar en el mundo, por tener la dicha de sentirme mortal y humano, con mis limitaciones y mis defectos, con mis momentos de gloria y mis malos momentos pasajeros... puedo vivir sabiendo que no hay nada más que la propia vida, que si estoy aquí es por accidente, por una casualidad evolutiva de ínfima propabilidad.
Creo que esta es la verdadera humildad al fin y al cabo.

¿La vida eterna? No la quiero.
Mi vida no está mal, no me quejo en realidad... he llegado a degustar la felicidad y a diferenciar sus variados sabores, creo que eso es lo importante... pero dilatar mis sensaciones a todo lo largo y ancho del infinito... buf, quita, quita.

Muchos necesitan creer en algo, pensar que la existencia no es tan corta y miserable como se muestra en apariencia... por eso hablan de fe... algo incoloro, insaboro, inoloro, indefinido... si tienes fe tienes salvación, si no la tienes provocas un sentimiento de lástima entre los creyentes.
Sienten lástima por ti y rezan a sus dioses por tu salvación, convencidos como están de lo erróneo de tus pensamientos... bueno, que hagan lo que quieran... con tal de que no vengan a venderme biblias, por mí como si me excomulgan.

Si dios está en todas partes... está también en las miserias del mundo, en los males de la humanidad, en las injusticias, en el sufrimiento...
¿Cómo se le puede considerar un ser tan infinitamente bondadoso, un supremo creador tan perfecto y detallista? ¿Cómo puede diseñar a la vez un amanecer y un huracán... un río y una epidemia... una flor y un accidente?... ¿Cómo puede concebir la risa o la amistad a la vez que permite que nazca un niño muerto o deforme?
¡Qué dios más frívolo y caprichoso, qué ser tan irresponsable y huidizo!

Dios sí existe en realidad... existe como concepto en las mentes de los que necesitan creer en algo, como una especie de bastón sobre el que apoyarse cuando las cosas se tuercen, como una excusa para acudir a la catedral el domingo y dedicar unos minutos a la meditación, bien sea para pedirle cosas al santo de turno o para relajarse dentro de la fantástica atmósfera de la iglesia.
Dios existe a su manera en cada una de esas mentes, pero cada mente tiene su propio concepto de dios distinto... siempre adaptable a las exigencias de cada cual.

Siempre existirá la religión y en el futuro, cuando quizá lleguemos a entender los misterios del universo, a dar explicación a los orígenes y a hacer mapas del infinito... seguirá habiendo adoradores del concepto religioso, evangelizando en las virtudes de ese "algo" maravilloso.

Los creyentes me resultan fascinantes... debe de ser maravilloso el simple hecho de vivir con el convencimiento de ser hijos de un ente con superpoderes.
La verdad... siento cierta envidia.

Por los siglos de los siglos, amén.

viernes, diciembre 16, 2005

30. terrazas

Bosques compuestos de cientos de antenas de televisión cubren la superficie de los terrados de las casas viejas.
Un cable de electricidad cruza en diagonal desde un voladizo cercano. Es totalmente antiestético, seguro que hasta peligroso, pero curiosamente esta chapuza no desentona en el paisaje general...
Mi terraza no es un prodigio arquitectónico, pero a mí me gusta...
Un muro desconchado de escasos ciento treinta centímetros de altura delimita el espacio de mi terraza comunitaria. Aquí no hay macetas con plantas, ni celosías, ni ornamentos o muestras de buen gusto por lo estético o lo placentero.
Los antiguamente rojos ladrillos hoy descoloridos, las finas capas de cemento resquebrajadas por el paso del tiempo, los hierros oxidados e inservibles, la espesa puerta de acceso con su problemática cerradura... todo está dejado caer en su sitio desde el día mismo de su construcción y así seguirá indefinidamente hasta que el propio edificio muera de viejo.

Mirando hacia el barrio antiguo, observo que allí los bosques de antenas son más abundantes y densos que en el resto de la ciudad.
Entre la monotonía grisácea de las fachadas y terrados puede distinguirse algún que otro balcón decorado con su ostentosa antena parabólica amarilla de forma circular.
Estas antenas sirven para captar más canales y de mejor modo, con lo cual queda posibilitado el estar más tiempo haciendo zapping mientras se intima con la pareja.
También para, con la obsesión por amortizar cuanto antes el juguete, detenerse a fisgonear programas que de ningún modo nos habríamos molestado en ver antes... un partido de fútbol entre dos equipos de la categoría regional turca, un documental sobre el corte del bigote de los antiguos cosacos, un programa de humor presentado por guardias civiles, un debate en un canal de cocina entre un trabajador de Burger King, un chef francés de un hotel de cinco estrellas, un cocinero del vaticano y un caníbal salvaje proveniente de una remota tribu de áfrica y aficionado a la nouvelle cuisine...

Entre los bosques de antenas viejas e incoloras surge alegre otra flora también abundante y de ricos y variados colores... son los tendederos furtivos. Las sábanas, calcetines, toallas, calzoncillos y demás ropajes se mecen graciosamente a la suave brisa de la terraza.
Seguramente sus propietarios preferirían vivir en un domicilio más espacioso con tendedero propio antes que exponer sus intimidades a la urbe, con su polución, su miseria y sus sucias palomas rondando tan cerca... pero cada uno se apaña con lo que tiene mientras sueña con un mundo mejor.
Mostrar la sábana bien limpia en el hilo más alto del tendedero es como enarbolar orgulloso la bandera de la humildad.

Mientras tanto, una bolsa de un supermercado Mercadona que volaba libre por las alturas, se ha enzarzado en un curioso baile con una braga tamaño XL. Siguen agarrados unos minutos hasta que la bolsa decide proseguir su viaje. ¿Me escribirás?, grita la braga... pero la bolsa está ya muy lejos y no puede oirla.

A las terrazas no sube nunca nadie, pero basta con que se nos ocurra pisar su suelo para que esto deje de ser así.
Lo tengo comprobado. (creo)

lunes, octubre 10, 2005

29. lápices de ikea

Estuve en ikea una vez.
He conseguido vivir con el recuerdo de aquella experiencia infernal pero aún me quedan secuelas. Agarro con mi temblorosa mano mi montoncillo de lápices sisados de allí como souvenir y cierro los ojos tratando de calmar el escalofrío.
El horror, el horror...

Empiezan su peregrinaje capitalista cogiendo una hoja de anotaciones y un puñadito de lápices de ikea.
Ella recorre los atiborrados pasillos con sus ojos absortos en las mesitas, en las lámparas, en los sofás, en los juegos de cama... Detrás camina lo que hasta el día de antes había sido un hombre común, un ser con sus risas, sus penas, sus fobias, sus manías, su estómago, su sexo... Hoy ha sido relegado por las circunstancias a mero apéndice del carro, a una de las dos partes de esa extraña relación simbiótica hombre-carro de la que no se sabe demasiado bien quién tira o se beneficia de quién.

Cariño mira que platos de colores. Los cojo. Él asiente derrotado, sin molestarse en levantar la vista del suelo. Platos de colores... intenta buscarles una utilidad real mientras sigue arrastrando su cruz camino del calvario.
Levanta su cabeza disimuladamente y echa mano al dispensario de lapices... coge otros cuatro.

El recorrido está diseñado con muy mala idea...
Una vez empiezas, no hay marcha atrás ni posibilidad de elegir otro camino. No hay bifurcaciones ni se presenta ocasión alguna de huída. Es una inmensa jaula humana ideada por la sádica y fría mente de algún sueco con muy mala leche. Un experimento con cobayas humanas consumistas. Si la ratita lo hace bien y sigue el camino marcado, tendrá la oportunidad de deglutir una rica salchicha.

Una señora muy bien vestida se acerca disimuladamente a los lapiceros y arrambla con los catorce que quedaban. Tendrá mucho que anotar, igual vive en un castillo. ¡Ah no, ha dejado uno! Al bolsillo.

Él sigue arrastrando su cada vez más pesado carro, mientras ella revolotea en zigzags cada vez más excitados y repentinos. ¡Mira qué lámparas!
Atraviesan una zona sembrada de tentadoras butacas que les atraen con sus cantos de sirena: SIÉNTATE, comprueba lo cómodas que somos, mira qué precios tan lógicos e irrefutables. Se adentran en la sección de los artilugios de escritorio, cruzan por el apartado de cortinas de baño, atraviesan los dominios de las fundas de cama, se pierden en el territorio de los caballetes y tablas de aglomerado...

Llegaron aquí con el desayuno recién tomado, pero en el exterior el día ha seguido su curso natural y el sol empieza a caer por el horizonte.
Ya en el aparcamiento se las prometen muy felices, solo queda meter todos esos trastos multicolores en el coche. Ambos se miran directamente a los ojos por primera vez en muchas horas y se sonríen confiados. Pero la terca realidad les va a propiciar otro golpe en el estómago del que quizás no sean capaces de reponerse...
El maletero es grande y los asientos de atrás están abatidos, pero no hay modo humano de meter todo eso allí dentro. Él recuerda su pericia adolescente con el tetris y decide tomar la iniciativa... sin parpadear, dice con seguridad: Sí que cabe. Pero tras esparcir de nuevo los cacharros por el aparcamiento y volver a intentarlo, tiene que rendirse finalmente a la evidencia.
Teníamos que haber alquilado una furgoneta.
Sí, o dos.

Pasan otra hora más de sus vidas haciendo cola en la sección de Objetos que realmente no caben en el maletero y hemos terminado por desechar.
Han discutido, ahora ya no se hablan. Él cuenta sus lápices otra vez tratando de calmar su acidez de estómago, todo le sabe a salchicha sueca. Ella suspira por la cómoda que no fueron capaces de encajar en el rompecabezas del maletero.

De vuelta al todavía destartalado hogar SOLO les faltará montar sus muebles, pero deciden dejarlo para el día siguiente. Encienden la televisión y en la primera serie con la que se encuentran empiezan a desfilar uno por uno todos los cacharros ikeanos.
¡Mira... nuestra lamparita! ¡Anda... esa cortina es como la nuestra! ¡Ondiá... esas sillas son como las nuestras pero en otro color! Joooo, me gustan más así...

Volveré, sé que volveré, aunque solo sea porque me estoy quedando sin lápices de esos.

miércoles, septiembre 28, 2005

28. corrida de humanos

Muuuu, muuuu... Las reses mugen excitadas desde el anfiteatro de la plaza de homínidos, dispuestas a presenciar una nueva corrida de humanos.
La excitación se transforma en delirio cuando por las puertas asoman finalmente los toros haciendo el paseíllo... caminan orgullosos sobre sus cuatro patas, seguidos de otros toros armados con banderillas, lanzas, machetes, cócteles molotov, un fusil de asalto AK-47 y diversos artilugios de similar tendencia... se dirigen hacia la presidencia y saludan con sus cuernos al respetable público.
Miran al cielo encomendándose a la Virgen de las Ubres Inmaculadas y se presignan marcando paquete.

El toro mantendrá a partir de este momento un diálogo y una lucha igualada con el humano, intentando someterlo y hacer de paso algo de arte con la carnicería.
Clong, clong... con un toque de cencerro se da paso al primer tercio de la corrida...
El hombre sale embravecido a la plaza, con sus ojos inyectados en sangre y amenazando con sus peligrosos bíceps y dientes.
El toro aguanta con chulería las embestidas del bípedo y lo humilla un poco con su capote.
Olé, gritan las vacas lecheras de las primeras filas. El toro se retira entre aplausos de pezuña dando paso a la siguiente suerte.

Suerte... no sé muy bien para quién...
Aparecen sobre el ruedo otros astados ataviados con sus trajes de luces horteras y con un par de ganchos diseñados con muy mala leche... provocan al fiero humano y cuando este está cerca le clavan las banderillas en la espalda. Una de ellas no se ha clavado bien y le ha atravesado la clavícula derecha.
Se oyen los primeros bufidos de desaprobación entre los espectadores vacunos.

Las primeras heridas del hombre sangrando a borbotones mitigan sin embargo un poco los deseos de visionado de violencia de las reses.
Bien es sabido que el hombre no sufre en ningún momento durante la lidia... es un animal tan bravo y tan noble que aguanta las sucesivas provocaciones acometiendo a su rival con entereza hasta el final.
La arena se va tiñendo poco a poco de rojo y el ambiente empieza a oler a sangre y a heces. Las reses se muestran agradadas...la tradición continúa.

En el último tercio el toro ejecuta la suerte suprema.
Pero esta suerte no le trae al humano una quiniela de catorce resultados ni un mes de vacaciones pagadas en Torremolinos. Por el contrario, delante de su nariz aparece un tercer toro que le muge cosas extrañas mientras le enseña su espada.
El hombre, acostumbrado como está a tropezar las veces que hagan falta con la misma piedra, aparta algo de arena con su pie descalzo, tensa sus músculos y se lanza rabioso contra el toro.
El toro intenta atravesarle el corazón en plan medieval, pero en lugar de eso le perfora un pulmón. Vuelven a acometerse el uno al otro... ahora es el páncreas el órgano ensartado, después el hígado, más tarde la vejiga...
El toro se ajusta la montera y pone cara de concentración máxima...al final acaba rompiéndole el corazón al bípedo.

Al hombre le cortan las orejas y se las entregan como trofeo al toro.
Al final, unos hombres muy mansos arrastran al difunto por toda la plaza mientras el toro sale triunfante del ruedo a lomos de la multitud.
¡El rabo, le tenían que haber dado también el rabo!

sábado, septiembre 17, 2005

27. hormigas

Las hormigas trabajan sin descanso día y noche y no reciben ni un mísero céntimo de euro a cambio.

Ellas se empeñan en trabajar de modo compulsivo y alienado, contagiadas por un espíritu trepa colectivo o como si estuvieran en permanente huelga a la japonesa.
Los demás insectos las observan incrédulos desde lo alto de sus flores...
La araña suspira desilusionada... en su tela no aparece ningún bicho despistado y el hambre está empezando a castigarle las entrañas. Cruza los dedos de sus ocho patas confiando en que algún golpe de viento arrastre hacia ella a la resacosa luciérnaga, situada dos matas de romero hacia la derecha.

La pestilente mosca común se ha detenido unos segundos sobre la jugosa bola de caca que trata de arrastrar un renqueante escarabajo... echa un vistazo a los miles de ejemplares del hormiguero y estos se multiplican en su cerebro al ser procesados por sus ojos compuestos... miles, cientos de miles, millones de hormigas todas iguales... La mosca huele una paella cercana y se aleja de allí haciendo eses en el aire. El escarabajo se queda a solas con su bola de mierda y reemprende sus labores.
Un cienpiés ha tropezado consigo mismo (cosa totalmente lógica y científicamente comprobada) y ha caído entre las hormigas. Pobrecito, exclama alarmada una pulga saltarina.

Las hormigas son unos insectos absolutamente monárquicos y toda su existencia está dedicada a abastecer de víveres a la gran reina.
No cuestionan a la corona... Desde su trono, la reina manda a sus soldados cabezones a patrullar entre las obreras, por si acaso a alguna de estas le asaltaran de repente ideas relacionadas con los derechos laborales o las vacaciones pagadas.

A veces se produce algún accidente laboral y una hormiga queda en medio de la fila doblada sobre sí misma con el tórax o el abdomen magullado. Se produce entonces una leve confusión en la colonia... las otras hormigas examinan a la moribunda y entre unas cuantas tratan de enderezarla tirando de un lado y otro. La cosa no tiene arreglo... pero en vez de ser estudiada su posible baja laboral, la obrera lastimada pasa a convertirse automáticamente en suministro para la despensa real.

Es dura la vida de una hormiga... apenas uno o dos cortos años de existencia supeditada a la empresa y de sobreexplotación no remunerada.
En el ocaso de sus días, la hormiga frota cansada sus antenas y se detiene a pensar en la jubilación. Pero ya es demasiado tarde... Nuevos huevos han eclosionado y cientos de nuevas hormigas adolescentes en edad de trabajar vienen empujando desde las últimas posiciones de la fila.

sábado, septiembre 10, 2005

26. coco

Coco, Supercoco... ¿Dónde estás?
Me veo a mí mismo muchos años atrás... mordisqueando una rica merienda de Nocilla mientras tomo el mejor sitio del sofá del comedor. Va a empezar Barrio Sésamo y mi vecinito y yo estamos intranquilos... ¿Qué nuevos conocimientos nos desvelaras esta vez desde el otro lado del televisor? Abro mis ojazos infantiles, ávidos de nuevas enseñanzas universales... ya haremos los deberes después.

Tú nos enseñaste las cosas realmente importantes...
Hablabas de izquierda y de derecha con sinceridad, te movías de un lado a otro conforme gritabas tu inclinación y nosotros entendíamos perfectamente la diferencia.
Otros quizá te vieran entonces, o incluso ahora, como un transfuga irresponsable, como un cínico sin una ideología clara que saltaba caprichosamente de extremo a extremo... No recuerdo ahora contra qué lado te deslomabas perdiendo el equilibrio, pero entiendo que este detalle carecía de importancia.

Decías: cerca, y arrimabas tu nariz de trapo al televisor. Te ibas corriendo hacia atrás y desde el fondo de la pantalla gritabas: lejos. Te seguías alejando, mientras chillabas histérico: más lejos, entonces teníamos miedo de que te separaras tanto de nosotros que acabaras perdiéndote y no volviésemos a verte más.
Gran lección: cuando dejamos que las personas se alejen demasiado, estas pueden acabar desapareciendo de nuestras vidas.

Otro día nos hacías apreciar la diferencia entre Arriba y abajo... Subías un poco por la escalera y decías Hola amigos, esto es arriba. Subías más peldaños, cada vez con más dificultad... Ahora estoy más arriba todavía. Llegabas a lo más alto: Esto es arriba del todo. Tropezabas y caías dándote golpes hasta acabar en lo más bajo. Quedabas silencioso esta vez mientras nos mirabas con tus estáticos ojos.
Una metáfora sencilla y directa, todo muy gráfico y muy claro.
Lección aprendida, maestro. Entendimos que la ambición es peligrosa y que cuanto más alto asciendes en la vida, más dolorosa ha de ser la caída después.


Los de mi generación tenemos estos conceptos muy claros. (Los que teníamos padres con televisor al menos) Nosotros tuvimos la suerte de crecer sin canal Disney, sin Pokemons ni Operaciones Triunfales... Somos la generación de Coco, el mesías de la voz aflautada y gangosa; de Epi y de Blas, la discutidora pareja homosexual; de Perejil, el caracol pasota, siempre en el parque; de Caponata, la extrovertida gallina de dudosa reputación; de Espinete, el erizo punk y nudista; de la rana Gustavo, el incisivo reportero del que ya quisieran muchos profesionales actuales tener su capacidad de análisis y su incisiva agudez...

Todos estos líderes generacionales permanecen aletargados en nuestros subconscientes. Bastará una sola orden proveniente de sus bocazas sintéticas para que ejércitos de soldados de una generación perdida durante el cambio de siglo nos sintamos de nuevo unidos por una causa común.

Somos coquistas de corazón, queremos seguir aprendiendo... ¿Cuál es la siguiente enseñanza, oh lider? ¿Debemos esperar mucho más, atacamos a los Lunnys?

miércoles, septiembre 07, 2005

25. las gafas de sol

Casi todo el mundo tiene al menos un par de gafas de sol.
Aunque en principio se tiende a pensar únicamente en su función protectora de los rayos del astro rey, estas prótesis de elegantes diseños tienen un sinfín de utilidades...
El rockero las utiliza para mirar a los pechos de las entrevistadoras sin que estas se den cuenta. También para ocultar a los objetivos de las cámaras el vizqueo provocado por la ingesta de bebidas alcohólicas y otras sustancias de diversas procedencias, tamaños y efectos.

Ciertas mujeres las exhiben ocasionalmente a modo de radares en lo alto de sus cabezas mientras hablan del último marujoneo televisivo, como si así tuvieran garantizado el no perder la sintonización de los chismes y comentarios.
La funda de las gafas descansa en la mesa del bar junto a los teléfonos móviles, los paquetes de tabaco y las fantas de naranja.
Aún no se ha puesto de moda... pero algún día será costumbre ponerse el paquete de los cigarrillos en la oreja, el móvil en la boca y la funda de las gafas en la nariz. Tiempo al tiempo... ¡será por modas absurdas!

Algún niño grande las usa para aparentar desde su coche... con la ventanilla del conductor bajada, deja que toda la ciudad oiga la música que lleva puesta a un nivel ciertamente brutal. Apoya el brazo sobre la puerta y pone cara de Neo o de Trinity mientras mira alrededor ansioso por que alguien (preferiblemente fémina) le devuelva la mirada.
Si esto ocurre, a veces intenta imitar el clásico careto Martini. Si la moza en cuestión es víctima de la sociedad de consumo y tiene tendencia a dejarse embaucar por la fuerza de las imágenes y por las poses de anuncio... entonces quizá nuestro amigo tenga éxito. (Es complicado)

También sirven para alcanzar un mayor grado de concentración durante el estudio o la elaboración de una idea, mordisqueando sus patillas o simplemente dejándolas colgar de entre los labios. Está demostrado científicamente que esta actividad estimula el cerebro hasta extremos de lucidez suma. El propio Einstein fue un compulsivo chupador de patillas de gafas de sol... sus elucubraciones en torno a la energía fueron transformándose en fórmulas mientras saboreaba el duro plástico de la montura de sus gafas de diseño italiano.

La mujer maltratada las usa para ocultar el cardenal que el reprimido de su marido le dejó marcado en el ojo. Todo el barrio está al corriente del drama a estas alturas. Por muy oscuros que sean los cristales estos no van a servir para ocultar la evidencia, pero el animal la amenazó con patearle las costillas si salía a la calle sin ellas puestas.

El marine las usa porque así lo han hecho siempre los marines... basta con un par de generaciones y eso en USA es motivo suficiente para ser tomado como tradición. Un marine norteamericano no es un buen soldado sin su mechero zippo, sus calzoncillos reglamentarios y sus oscuras gafas rayban.

Se usan para vender cupones, para imitar a Steve Wonder, para hacer ejercicio agachándose a recogerlas del suelo, para dormir la mona, para olvidarlas en algún lugar que no alcanzamos a adivinar, para que los neonazis puedan vacilarle a las ancianitas en el metro, para sentarse accidentalmente sobre ellas, para que el pervertido se sienta protegido cuando abre su gabardina, para impedir que en la playa nuestros párpados se pongan morenos...

martes, agosto 30, 2005

24. árboles de fuet

De niño pensaba que el fuet era el fruto de algún árbol y que la cuerdecilla que pende de su extremo era el resto del rabito. Entonces no tenía ni idea de lo cerda que es la vida de un cerdo ni de los desagradables procesos por los que pasa su existencia hasta acabar convertido en embutido etiquetado... mi madre me preparaba la merienda y yo me la comía. Rápido, deseando irme a jugar cuanto antes.
En algún momento de mi niñez tuve que entender que no existían árboles de fuet, que las cosas no son tan sencillas...

Las gasolineras, por ejemplo, no eran construidas sobre yacimientos de petróleo.
Daba por sentado que del mismo modo que allí donde hay agua se construye una fuente, los hombres ponían sus mangueras y surtidores sobre ríos subterráneos de gasolina. Por eso mi padre tardaba tanto en encontrar una estación de servicio: ¡la gasolina no brota en cualquier parte!

Antes de la noche de reyes magos, mis padres dejaban un par de vasitos y una botella de vino en el balcón. Cuando les preguntaba por la finalidad de este acto, ellos me daban una turbia explicación de la historia... que el vino era para los reyes, para que descansaran un rato antes de partir con sus regalos al balcón de algún otro niño. Recuerdo que objeté que los reyes eran tres, y que las copas en cambio solo dos... Ah, eso es porque a Baltasar no le gusta el vino.
No eligieron a Baltasar por el color de su piel, solo por ser el africano el favorito de todos los niños... pero tardé años en descubrir que a las gentes de color, como a todo hijo de vecino, también les gustan los placeres de la vida.

También creía que en el mundo habían buenos y malos... que los ladrones robaban por pura maldad y que los policías eran superhombres perfectos, el status más alto de la sociedad y unos cultísimos atletas cercanos a los superhéroes de los comics. Sin duda disponían de un sueldo elevadísimo, acorde con sus muchos méritos y capacidades.

Pensaba que la familia era un ente eterno y que sus miembros permanecerían inmutables en su salud, vitalidad y apariencia con el paso de los años.
Yo mismo, creo que traté inconscientemente de retardar mi propia evolución... Como una especie de bonsai humano, prolongué los aspectos más infantiles de mi persona y rechacé durante años las inquietudes y novedades que afloraban en mi mente y en las partes más íntimas de mi cambiante anatomía.

Nunca he dejado de lado al chaval aquel, sigo conversando con él a menudo. Ni los constantes cambios y novedades, ni los miedos y fobias pasajeras, ni las pestilentes rutinas y obligaciones han conseguido arrebatármelo aún.

martes, agosto 23, 2005

23. los plastas

Lo has entendido perfectamente y estás de acuerdo con todo, tienes el concepto más que asimilado y asientes seguro con la cabeza...
De nada servirá que te lo transmita de nuevo otra vez, el mensaje te ha llegado. Por repetírtelo más veces no te va a quedar más claro, pero él sigue gesticulando delante de ti, acaparando tu atención y minando tu paciencia.
A estas alturas ya ni siquiera lo estás escuchando... el tiempo se dilata y la acción parece desarrollarse a cámara lenta. Ves su boca abriéndose y cerrándose fotograma a fotograma, marcando poco a poco las vocales y moviendo su incansable lengua viperina entre dos filas de dientes que parecen servir de bunker de defensa a esta última.

Entonces lo piensas para tus adentros... calificas mentalmente al personaje en cuestión y lo haces con tanta rabia que casi puede oírse tu propio pensamiento: ¡Qué plasta!

Los plastas no se dan cuenta realmente de que son pesados.
No actúan de mala fe, ellos te repiten las cosas las veces que hagan falta pensando que te están haciendo un favor. Y uno, por educación, nunca les hace ver que su insistencia constante constituye un verdadero suplicio y en gran parte hasta un insulto, parecería como si el otro estuviera pensando que somos tontitos y que tenemos la capacidad de entendimiento mermada.

En el ámbito de la familia se adoptan mecanismos de defensa automáticos que saltan como un resorte en las situaciones de acoso plastil...
Si se me aconseja sabiamente que tenga cuidado y que no corra con el coche en la carretera, yo respondo como haría cualquier humano que no, y convenzo al pariente en cuestión para que esté tranquilo.
Pero si se me repite compulsivamente el consejo, dejando entonces de ser tal cosa para pasar a convertirse en una obsesión taladrante, entonces hago uso de la eterna ironía y contesto algo así como: Ah, pues menos mal que me lo dijiste, pensaba conducir a 220 con los ojos vendados.
Entonces la familia suele reír, o al menos esbozar una sonrisa, y la plastez pasa de largo hasta el siguiente día en que coincidamos, cuando sin duda volverán a repetírmelo para volver a ponerme a prueba.

La ironía nos puede sacar del acoso de un plasta en ciertos ambientes, pero hay momentos en los que ésta no sirve.
En el trabajo, por ejemplo, a menudo tenemos que sufrir la incompetencia de un jefe o de un encargado que trata de suplir su escaso conocimiento de las tareas que se desarrollan con la reiteración taladrante de las consignas a seguir, como si no las tuviera todas consigo y tratara de autoconvencerse a fuerza de repetírselo al inocente empleado.
Entonces uno se muerde la lengua y asiente, permaneciendo allí de pie escuchando toda esa monserga innecesaria mientras confía en que se nos deje realizar nuestro trabajo cuanto antes.
Generalmente llega un momento en el que al plasta se le acaba la cuerda y se va. Pero están también esas funestas ocasiones en las que nuestro particular verdugo nos agobia subiendo con tal intensidad el nivel de plastez que uno ya no puede más y le da igual que el que tenga delante sea su jefe, el papa de Roma o el mismísimo Paul Newman y acaba haciendo algo que en principio parecería de lo más normal o lógico: interrumpe al susodicho y se permite el descaro de sugerir la manera idónea de realizar el trabajo.

Al jefecillo esto le sienta como un tiro y lejos de enfocarlo como un criterio válido prefiere recular un paso y mantener cierta distancia de seguridad.
Entonces se nos recuerda sutilmente que tenemos un contrato firmado y que aunque no lo ponga en el papelito, nuestros jefes tienen el derecho legítimo a ser todo lo plastas que deseen con nosotros, llegando a los niveles de sometimiento y vasallaje que nuestros amos estimen convenientes.

¡Plastas!

jueves, agosto 18, 2005

22. la prehistoria del hombre

El hombre aparece en escena sobre la tierra hace unos dos millones de años, por un capricho evolutivo absurdo y desafortunado.
Las criaturas presagian el mal del hombre y los ecos de sus bramidos, rugidos y nerviosos aleteos resuenan agonizantes a lo largo de los densos bosques, de los caudalosos ríos, de las verdes montañas, de las vírgenes praderas...
Se acaba de iniciar la etapa de la vida del planeta conocida como...
la prehistoria del hombre

Dentro de las incómodas grutas, los primitivos se estrujan la mente pensando en cómo dominar a la naturaleza.
Por accidente, un buen día, uno de estos individuos se da cuenta de que el fuego se puede controlar. Descubre que con las debidas precauciones se puede calentar sin quemarse. Comprueba que la carne huele y sabe muchísimo mejor si se la deja unos minutos en las llamas. En seguida se dará cuenta de lo rápido que puede multiplicarse el fuego y de cómo puede hacer desaparecer bosques y vidas.
El fuego en manos del hombre... una catástrofe evolutiva tan solo comparable por su magnitud al descubrimiento de la energía atómica o al miserable reggaeton.
Entre fuegos y chuletas de cordero primitivo, los humanos ocupan su abundante tiempo libre dentro de las cuevas a inventar cosas: que si el lenguaje, que si el arte, que si las normas, que si las clases sociales, que si el sexo sin intención de reproducción, que si el humor, que si la violencia gratuita... pero la más asombrosa de todas estas invenciones es una que por si sola define muy bien la compleja torpeza inherente al ser humano... la creación de la religión.
Por incomprensibles motivos, quizá debidos al exceso de aburrimiento, deciden que a los fallecidos hay que sepultarlos bajo pedruscos enormes y se empeñan en asociar extrañas similitudes entre los restos de sus difuntos y las misteriosas estrellas que brillan en la oscuridad de la noche. Se sacan de la manga sus propias divinidades y les ofrecen absurdos sacrificios.
Se crean una especie de guías o chamanes de esta espiritualidad recién inventada que al poco tiempo gozarán de notables privilegios dentro de la tribu. Estas jerarquías y diferenciación de poderes se mantienen a lo largo de la historia y de las culturas, perdurando incluso hasta nuestros días.

Pasan unos cientos de miles de años y el hombre ha decidido acotar el paisaje.
Surge la explotación de la naturaleza. El hombre inventa la ganadería y con ello se cierne una maldición sobre los cerdos y vacas prehistóricos. Hacinadas en cubiles, una generación tras otra, algunas especies han resistido a la extinción a costa de malvivir a expensas del provecho del hombre.
¡Grough arg grog brough!
(Traducción simultánea: Si eres sabroso o puedes proporcionarme algo que yo necesite, tu especie sobrevivirá.)

El hombre sigue persiguiendo a las otras especies, claro, pero los fieros felinos salvajes y los gigantescos mamíferos no son ya unos enemigos tan peligrosos como antaño.
Así que con el paso de las eras, el hombre prefiere desarrollar su innato instinto destructivo machacando a sus semejantes. Se valen de la piedra, del bronce, del hierro, del mismísimo fuego... para destrozarle la mandíbula al vecino y dejarle bien clarito dónde empiezan las fronteras del uno y donde acaban las del otro.

El hombre ha llegado a conocer también grandes logros, no digo que no. No se podría concebir el mundo sin la música de un Vivaldi o de un Mozart, sin las revoluciones racionales, sin la píldora del día después, sin los pañales de doble capa, sin la mermelada de arándanos... pero todas estas conquistas del genio humano quedan eclipsadas de inmediato por sus maldades y atrocidades.

Dos millones de años de existencia en el mundo... una insignificancia si tenemos en cuenta que al planeta se le estima una longevidad rondante a los 4500 millones.
En fin, cambiemos las piedras por bombarderos y el fuego por misiles nucleares y veremos qué poco hemos cambiado en todo este tiempo.

Me pregunto si en un hipotético futuro ideal no verán nuestra historia reciente como una segunda prehistoria. O quizá en la post-historia quede poco ya por ver como para tener ganas de echar la vista atrás en el tiempo.

jueves, agosto 11, 2005

21. te has ido de repente

Ya no estás.
Te has ido de repente y nos has dejado a todos bien jodidos. Nacho tío, todo el mundo te quería de veras.

Recuerdo lo que nos costó aceptarnos el uno al otro hace unos nueve años, cuando yo empezaba a salir con tu querida prima. Este angel de mujer nos unió en la amistad, sin ella no habría sido posible.

Yo era ciertamente un imbécil por aquel entonces (mucho más imbécil que ahora quiero decir) y me costó ver lo que tenía delante. Recuerdo nuestras neuras pasadas, aquellos momentos tontos de incomprensión mutua...
Con el paso del tiempo nos fuimos dando cuenta de que aquella especie de rechazo que sentíamos el uno por el otro no era tal. Comprendimos que lo que nos molestaba realmente era ver reflejadas nuestras propias neuras en el otro. Teníamos los mismos miedos, los mismos bloqueos absurdos, los mismos fantasmas...
Aprendimos a verlo así y sin poder evitarlo fuimos cuajando una amistad muy bonita. Cimentando lo nuestro sobre las diferencias iniciales, acabamos llegando a disfrutar de una amistad verdadera y sincera. Nos entendíamos prácticamente sin hablar. Tú levantabas una ceja y yo asentía. Tú me recriminabas algo y yo reflexionaba sobre ello.
Sé que también te ayudé en vida a canalizar tu energía y a caminar por este cochino mundo, pero nunca sabré si lo que hice fue bastante. Supongo que no, entiendo que tú me diste mucho más de lo que yo te devolví nunca. Solo lamento no habértelo agradecido más en vida.

Menuda mierda.
De repente ya no estás y aquí nos hemos quedado todos tremendamente jodidos por tu ausencia. Estás loco... 30 años no es edad para marcharse.
Prefiero pensar que iniciaste tu viaje a la India, que prescindiste de tu cuerpo y que ahora tu espíritu disfruta del karma encontrado a orillas del Ganges.

Yo no te olvidaré nunca, amigo, he aprendido de ti demasiadas cosas todo este tiempo y parte de ti se ha quedado conmigo para siempre.
Te prometo que no lloraré más, si Nacho viene a mi cabeza sonreiré y trataré de mostrarles más amor a los míos.
Es el único homenaje que puedo hacerte, el seguir viviendo con dignidad y humildad, disfrutando de los buenos momentos y haciendo felices a los nuestros.

Te quiero, loco.

sábado, agosto 06, 2005

20. mis vacaciones han terminado

Mi felicidad es absoluta tumbado dentro del agua cristalina, apoyado sobre los codos mientras alegro la vista contemplando las caprichosas formas de las rocas de la paradisíaca cala mediterránea.
Dedico el día entero a tostarme bajo el sol, a rascarme la espalda, a inventar canciones del verano, a refrescarme el gaznate con cosas fresquitas y helados de la Menorquina.
Cuento el número de veleros que hacen parada en la playa, dotoreo a sus tripulantes echar el ancla, zambullirse en el agua, volver a bordo a beberse unas cervezas.
Veo algunas solitarias nubes manchando el infinito cielo azul, me divierto durante horas observando su movimiento y jugando con sus caprichosas formas.
Alemanes, franceses, anglosajones, algún español de vez en cuando... la playa se muestra de lo más internacional.
Repaso otra vez las fotos de la cámara digital, me gustan mucho casi todas.

Miro a la toalla de al lado, donde descansa mi compañera, y descubro que ella ya me estaba mirando a mí antes. Me regala una sonrisa de complicidad. Yo no puedo resistirme a una imagen tan hermosa y me abalanzo sobre ella dispuesto a robarle un beso o dos. Con mi ímpetu la salpico un poco de arena, algunos granos caen también sobre la bolsa de los bocadillos. No nos importa demasiado... hago un poco el zángano y nos reímos un rato.
A unos diez metros descansa desnudo un turista italiano. No debe ser nudista desde el inicio de sus vacaciones... su piel oscura nos revela que debe de llevar días tomando el sol, si bien su trasero permanece blanquecino... Su culo, aunque ya desprovisto de la vergüenza de los días anteriores, intenta acercarse sin éxito al tono del resto de su cuerpo.
Una gaviota pasea por la arena, me doy cuenta de que jamás había visto a uno de estos bichos tan de cerca. Le ordeno: vuela, pero no me hace caso. Me levanto unos segundos y la hago volar. Qué bonita.

He vuelto a la toalla y he cerrado los párpados un instante. He repasado los momentos infinitos que hemos pasado juntos en la isla, con los sentidos constantemente estimulados y los espíritus más libres que nunca.

Al volver a abrir los ojos me encuentro de nuevo en mi ciudad, vestido y rodeado de edificios y polución.
Mis vacaciones han terminado, su mano sigue cogiendo la mía pero comprendo que ya nada volverá a ser como antes.
Me siento incapaz de tomar el ritmo de las obligaciones.
Sé que a partir de ahora además de considerarme andaluz me sentiré también un poco menorquí.
¿Valenciano? Supongo que también, pero ese sentimiento se queda tan solo en lo terrenal y en lo físico. ¿Acaso no somos libres de elegir nuestras patrias?

El lunes vuelvo a la rutina, debo ir pensando en intoxicarme si quiero adaptarme a la vorágine.

miércoles, agosto 03, 2005

19. estúpidas palomas

Ratas con alas.
Un amigo que estuvo observando a las palomas de ciudad me habló de la porquería que llevan incrustrada en sus plumas estas molestas aves okupas. Me habló de los pulgones que había divisado en sus cuellos y de cómo picoteaban los restos orgánicos más nauseabundos.
Las palomas, al igual que las repulsivas cucarachas, que las siniestras y esquivas ratas, que los tuertos gatos callejeros... son uno de los pocos bichos que se han adaptado a las ciudades humanas.
Pasan sus vidas expuestas a la polución... y quizá sea el respirar constantemente ese aire tan tóxico el motivo de su abobamiento cada vez más patente.

¡Porque mira que están bobas!...
Lo que más me irrita de las palomas es el desprecio que muestran hacia sus propias vidas... cuando dejan que los coches se acerquen a ellas a escasos centímetros, retándonos a reducir aún un poco más la distancia. Esa falta de sensatez suya las lleva en ocasiones a acabar convertidas en esos típicos montoncillos irreconocibles de plumas y vísceras aplastadas.
Los conductores frenan en seco maldiciendo: estúpidas palomas, pero ellas ni se inmutan... siguen atravesando la calle moviendo nerviosamente el cuello de un lado para otro.

Las palomas son además unas indecentes y unas cerdas... Cuando les asalta la necesidad, dejan caer con desparpajo sus líquidas heces sobre el infortunado viandante. No respetan nada... ni al traje de la novia, ni a la calva del cartero, ni al coche recien lavado, ni al pie calzado con sandalia, ni a la boca abierta del que ríe tumbado en el parque, ni a los monumentos... ¡qué aspecto muestran los monumentos! Por las fachadas de las catedrales caen regueros de guano solidificado, una suerte de excreménticas estalactitas de ocres colores que envejecen la apariencia de los muros y texturizan el conjunto al gusto palomil.

El ayuntamiento ha de tomar cartas en el asunto... Debería colocar a cada una de sus palomas algún pañal o braguero cambiable periódicamente, a la vista está que por sí solas no son capaces de obrar con sensatez y decoro.

En una ocasión vi sobre un tejado a una gaviota (otras que tal, no te las dejes) descuartizando a una paloma y dándose un gran festín con sus restos. Reconozco que la escena me impactó... con toda aquella carnicería desplegada sobre las tejas y con el contraste violento de la sangre roja sobre el blanco plumaje de la gaviota. A pesar de todo, confieso que aquella paloma no me dió ninguna pena.

Me voy a hacer palomitas.

jueves, julio 21, 2005

18. hamburgueserías americanas

Lo confieso... en ocasiones el hambre me domina y acabo entrando en la hamburguesería americana más cercana, traicionando mis más profundas convicciones y mis principios más sagrados.
Los burguers están por todas partes... te llaman con sus carteles de llamativos colores y con la consabida inmediatez de su servicio. Si pasas cerca de uno de estos fast-food y coincide con que el hambre te devora por dentro, corres el riesgo de acabar consumiendo una de sus tristes hamburguesas artificiales y prefabricadas.

¡Qué ambientazo!
Detrás de las cajas hay toda una legión de jóvenes explotados por un miserable sueldo que dispensan hamburguesas a un ritmo endiablado.
La masa humana guarda cola con sus bolsas de compra y con sus piercings, tatuajes y pelos tintados, mientras se relame mirando los paneles en los que posan retratadas las acicaladas hamburguesas. Las imágenes de estos fotogénicos productos no se corresponden demasiado con lo que aparece después envuelto sobre la bandeja... una triste masa de carne ovalada que no hace demasiado tiempo fue parte de una vaca.
En fin, sé que me he traicionado de nuevo a mí mismo... Come y calla, me digo.
Mientras mastico todos esos gramos de grasa vacuna y esas chiclosas patatas, agudizo el oído en busca de comentarios furtivos a mi alrededor: No habría hecho falta agudizarlo, la gente tiene la incomprensible costumbre en estos lugares de hablar gritando. Ello me lleva a la siguiente reflexión: ¿Están todos sordos? Y aún más importante: La ingesta continuada de hamburguesas del Mc o del King... ¿Causa la sordera?
Los temas de conversación tampoco resultan ser medianamente interesantes pero me temo que tendré que escucharlos de todos modos. ¡Qué remedio!

Una mascota de tamaño humano con forma de siniestro payaso tiene sus ojos de plástico clavados fijamente en mí. Me incomoda tremendamente y por más que lo examino no consigo encontrarle la gracia por ningún lado.
En una mesa situada a menos de un metro de la mía resopla impotente una madre: se muestra incapaz de conseguir que su hijo se trague íntegro el menú infantil. El niño la mira déspota y sonriente y le muestra la Disney-figurita de regalo.
Una pareja discute a grito pelado sobre teléfonos móviles, están a punto de dejar la relación por causa de un tema de coberturas.
Es un microcosmos de locura compulsiva en el que los estómagos prevalecen sobre los cerebros. Yo mismo noto como se van marchitando una tras otra mis neuronas con cada patata frita que me meto en la boca.

Ya estoy acabando... Los últimos mordiscos me están costando más de lo esperado y necesito salir cuanto antes de aquí.
Me contagio por el clima de ceporrez dominante y decido no vaciar la bandeja en la basura dispuesta a tal fin.

Salgo de allí con los procesos de una pesada digestión iniciándose en mi interior.
Espero que no me haya reconocido nadie, tengo una reputación que mantener.

jueves, julio 14, 2005

17. el retrete no funciona

Me digo: No lo hagas, pero algo aprieta fuerte desde mis entrañas. Mi sentido común me dicta el pensamiento: Aguanta, ya lo harás en casa, pero algo debió de sentarme realmente mal... quizá la ingesta de cócteles esté siendo excesiva, quizá ando algo bajo de defensas, quizá mi estómago se encuentre demasiado cansado para digerir la fabada enlatada que devoré ayer.

Me doy cuenta de que tengo sudores fríos.
Levanto la mirada y proclamo en voz alta con decisión: VOY A HACERLO. Mis amigos de mesa me observan incrédulos y tratan de darme ánimos con la mirada.
Así que toda mi existencia queda eclipsada por este momento fugaz... los temas de conversación ya no tienen sentido para mí hasta que no alivie este peso que me nubla el criterio.
He de llegar al servicio como sea, sólo espero que no se encuentre demasiado sucio. Iluso... ¿A quién quiero engañar?
Voy haciéndome espacios entre la densa cortina de humo, apartando a la multitud encubatada y esquivando los imprevisibles movimientos de las copas de sus manos.
Llego al fondo del antro, allí se encuentra un pequeño grupo que guarda cola mientras espera su turno.
Al fin me toca, empujo la mugrienta puerta con la punta de un dedo y me cuelo dentro.

¡Cielo santo!... el panorama ante mis ojos supera con creces mis peores expectativas...
El suelo permanece recubierto de un serrín que a duras penas consigue disimular los vómitos y los restos orgánicos de algún australopithecus.
Hago el amago de orinar, pero descubro un cartoncito colgado sobre el urinario que me avisa: EL RETRETE NO FUNCIONA.
Casi a la vez he mirado dentro de la taza... Lo que he visto allí dentro ha hecho que se ericen los pelos de mi nuca y que ahora ya solo tenga ganas de volver a la mesa con mi gente.
Tampoco veo papel por ningún sitio y el dispensor de jabón de manos está totalmente vacío. Los pocos azulejos que quedan en las paredes muestran extraños y resecos pegotes, y metidas en la pila y totalmente mojadas yacen algunas revistas gratuítas de música y unas cuantas colillas.
Me quedo unos segundos mirándome al espejo roto y me pongo bien el cuello de la camisa.

Alguien empuja la garabateada puerta desde fuera, tampoco hay pestillo.
Miro a mi relevo mientras salgo de aquella pocilga preguntándome si será capaz de conseguir sus propósitos. Lo dudo.
Con la impresión de lo que he visto grabada aún en mis retinas, ha desaparecido totalmente la necesidad que me torturaba.
No he aliviado el cuerpo... pero mi espíritu se siente ahora libre y revitalizado, vacunado de cualquier anhelo propio de los mortales y dispuesto al devaneo eterno y a la degustación de nuevos brebajes... auténticos elixires de los dioses sobre la mesa-templo.
Ya verás tú el resacón de mañana.

miércoles, julio 06, 2005

16. invasión extraterrestre

Vinieron de repente, sin previo aviso.
Ni los miles de telescopios y satélites de la tierra, ni los sistemas de seguridad, ni la CIA, ni la guardia civil, ni los brujos, astrólogos y quirománticos de la tele... no hubo medio alguno al alcance de los humanos para detectar la sigilosa invasión extraterrestre.
Miles de inmensas naves alienígenas movidas por una tecnología infinitamente superior a la nuestra oscurecieron el cielo de Valencia.

De nada sirvieron los calurosos recibimientos que les brindamos de inicio, cuando el equipo de fútbol de la ciudad salió íntegro a saludar a los visitantes.
Tampoco funcionaron los posteriores ruegos a los dioses, santos y mártires humanos.
Resultó finalmente patética la amenaza de la alcaldesa de la ciudad de encender los millones de petardos falleros y arrojarlos contra los invasores. La peculiar dama de hierro de la política valenciana fue teleportada instantáneamente al laboratorio científico de una de las naves, para el posterior análisis de su cerebro y órganos.

Las cámaras de televisión hicieron un mega-zoom sobre las naves, y el mundo entero pudo ver entonces cómo se abrían unas gigantescas compuertas metálicas de las que surgían una especie de cañones amenazadores.
Según el locutor de la televisión local, aficionado en sus ratos libres a la ciencia ficción y al tunning, dichos cañones eran fusiónomos de retro-magma iconoclasta y estaban forjados con aleaciones de materiales desconocidos por el hombre.

Unos chorros multicolores y malolientes fueron expulsados por estas armas sin compasión, pero con certera puntería.
Empezaron por la arquitectura... El palacio de congresos, el miguelete, el IVAM, el oceanográfico, el estadio de fútbol, los cientos de nuevas viviendas destinadas a la especulación, la ciudad fallera, la casa de los caramelos... los edificios más emblemáticos de la ciudad fueron reducidos a escombros.
Con otras armas igualmente desconocidas inundaron el seco cauce del río Turia hasta provocar que la ciudad entera sucumbiera bajo las turbias aguas. Una nueva riada en la ciudad, 50 años después.
El entristecido yayo Vicente, que había sido fallero mayor en sus días mozos, miró hacia el oscurecido cielo con sus ojos llenos de lágrimas mientras sorbía las últimas gotas de su horchata granizada.
La cosecha de arroz arruinada, naranjas flotando por el agua condenadas a la putrefacción, la huerta entera anegada e inservible, gaviotas sobrevolando el casco antiguo de la urbe, valencianos muertos por todas partes y peces agonizantes en la plaza del ayuntamiento.

En un estado muy avanzado de su apoteosis destructiva, los visitantes conectaron la evolucionadísima megafonía de sus ovnis y utilizando un traductor simultáneo de última generación cósmica comunicaron:
PERDÓN, CREEMOS QUE NOS HEMOS CONFUNDIDO DE PLANETA.

sábado, julio 02, 2005

15. orangután de borneo

Allí plantado frente a la jaula del orangután de Borneo, intenté establecer algún tipo de comunicación gestual con el primate.
El pobre bicho mostraba indiferencia... sentado y aburrido en un rincón de su celda aguantaba mis insolentes muecas con entereza y dignidad.
Yo comprendía que mi peludo amigo estaba harto ya de tanta monserga: Siempre la misma historia repitiéndose una vez tras otra cada día... estúpidos humanos pasando por delante de su presidio comiendo helados... familias enteras de estos extraños seres señalándole con el dedo y disparándole instantáneas con sus cámaras digitales.
Monos supuestamente más evolucionados intentando cebar a base de cacahuetes al mono ceporrete.

Le miré a los ojos y traté de transmitirle cuánto le entendía, cómo compartía esa tristeza suya y cuán injusto e innecesario me resultaba su cautiverio. Puse la palma de mi mano sobre el cristal de la jaula y le dije con la mirada: hola amigo.
Entonces lo hizo...
Sin apartar la mirada en ningún momento, levantó su manaza y la llevó a sus enormes fosas nasales... metió la uña del dedo índice allí dentro y sacó una sólida mucosidad animal, un moco de un tamaño muy superior al extraído por cualquier conductor humano parado en un semáforo en rojo, algo compacto con textura de melocotón y banana...
Lo arrancó de su nariz con esa indiferencia salvaje suya, me lo mostró claramente y acabó metiéndoselo en la boca sin apartar sus ojos de los míos.

Ni entiendo de gestos orangutánicos ni sé hablar ningún dialecto mono, pero en aquel momento supe que lejos de significar un insulto o una ofensa, el asunto de la mucosa era más bien como un acto de deferencia, como el que se quita el sombrero para saludar.

Intenté repetir la jugada, seguro como estaba de mis propias teorías zoológico-sociales, esperando quizá obtener algún guiño más evidente de complicidad por su parte. Seguí poniendo caras raras frente a él... ahora de pena, ahora de rabia, ahora de miedo... pero en la media hora larga que permanecí allí acurrucado tan solo se limitó a mirarme a los ojos y a balbucear algo para sí mismo.
Casi podía oirlo... creo que en su idioma me estaba diciendo:
¿En serio no tienes nada mejor que hacer?

martes, junio 28, 2005

14. no puedo dormir

Cada noche lo vuelvo a intentar... me meto a una hora decente en la cama, autoconvenciéndome de que me encuentro cansado y de que me faltan horas de sueño.
Me digo a mí mismo que mis bostezos de la tarde son significativos, que por mucho calor que haga despúes de la cena mi organismo va a rendirse a la evidencia del cansancio y que mis párpados se cerrarán sin resistencia.

Nada de eso, es imposible, no puedo dormir.
Llevo cerca de dos horas cambiando de postura sobre el colchón, escuchando la rítmica respiración de mi compañera.
Lo he intentado todo...
He contado ovejitas, elefantes voladores, avestruces, suricatos... he contado años desde cero hasta perderme en alguna fecha entre el renacimiento y el barroco, he contado billetes de 500 euros... he repasado mis diálogos cinematográficos favoritos, me he imaginado viviendo la vida de otros: la de un millonario excéntrico, la de un monje tibetano, la de la concubina favorita de un sultán, la de Mazinger-Z, la del muñeco de Michelín...

Más vueltas...Nada, que no hay manera. ¡Qué calor! La puñetera conciencia viene a visitarme de repente:
Tengo que acabar aquel CD Multimedia, tengo que buscar otro trabajo, tengo que ir al dentista, tengo que hacer algo de deporte, tengo que hacer un comic y presentarlo a alguna editorial, tengo que ser mejor persona, tengo que visitar más a mis padres...

Esto es insoportable... ¿Será posible que el café que me tomé a las ocho de la tarde me esté haciendo efecto ahora? Me rasco un pie, me rasco la cabeza, me rasco la espalda... me doy cuenta de que solo respiro por una de mis fosas nasales, así que me rasco la nariz también, pero de ningún modo consigo neutralizar mi desvelo.

Voy a volver a intentarlo... esta vez utilizaré las viejas tácticas infantiles.
Probaré a ser un tímido soldado de la primera guerra mundial, haciéndome el muerto en la sofocante trinchera mientras espero plácidamente a que termine la guerra.
Si no funciona imaginaré que voy a bordo de una nave espacial, medio crionizado, en un silencioso y largo viaje rumbo a alguna luna de Júpiter.

Mañana es el día que estampo el despertador contra la pared.

sábado, junio 18, 2005

13. carta a batman

Señor Bruce Wayne
Ciudad de Gotham

Batcueva S/N

Distinguido caballero: me dirijo a usted en calidad de portavoz de la agrupación de pequeños delincuentes, descarriados, carteristas y buscavidas.
Como representante de este colectivo, quiero manifestarle que no vamos a tolerar durante más tiempo el desmedido trato que nos venía aplicando su hasta ahora identidad secreta. Sí... sabemos que usted y Batman son la misma persona.

Le insto a reflexionar... ¡Basta ya! Déjenos hacer nuestro trabajo. Los mangantes y chorizos de barrio tratamos solamente de ganarnos nuestro sustento del único modo que sabemos. Deje de interferir en las labores de la policía y dedíquese a algo de provecho.
Escuche Wayne... sabemos quién es usted y qué hace por las noches. ¿En serio pensaba que podría seguir ocultándolo durante mucho tiempo? Siempre hay alguien que al final se va de la lengua... Su mayordomo sabe de lo que hablo, vino a nosotros y habló hasta por los codos, harto y rencoroso como estaba de servirle durante todos estos años, sin obtener a cambio más recompensa o motivación que las méramente económicas.

Mire... todos hemos sufrido en nuestras carnes las consecuencias de su maldita manía. Yo mismo aún conservo las marcas de su bat-porra marcadas en mis costillas. ¿No le parece un tanto desproporcionada aquella acción suya? Yo tan solo estaba ejerciendo de aparca-coches. Gorrilla ilegal sí, pero mi función no era menos ilícita que las que usted viene desempeñando. Cierto es que insistía más de la cuenta en obtener una propina un poco más elevada, cierto es que miré de malas maneras a aquel conductor... pero usted surgió de la nada y sin mediar palabra me repartió tal cantidad de porrazos y patadas gratuítas que tuvieron que ingresarme de urgencia en el hospital. A día de hoy aún no he podido reponerme. ¿En serio no siente remordimientos? ¿No alberga el más mínimo sentimiento de culpa? ¿No se arrepiente en absoluto?

Todos conocemos la historia de aquel delincuente que asesinó a sus propios padres delante de sus ojos siendo aún un niño. ¿No cree que ya va siendo hora de superar aquello? ¿No le parece que ya tiene usted una edad importante como para ir por ahí disfrazado de murciélago aterrorizando al personal?
Mire Wayne... usted nació ya millonario y jamás ha tenido que ganarse la vida en la calle. No tiene ni idea de cómo está el mercado laboral, no sabe nada de búsquedas de empleo, de contratos basura, de ahorro, de horas extras... usted no sabe lo que supone que el dinero no llegue a fin de mes.
Está usted enfermo... ¿Sabe lo que pienso? Que es usted un multimillonario aburrido. Tiene usted tanto dinero que no sabe qué hacer con él.
Olvide de una vez por todas sus obsesiones, es un deseo sincero que le hago llegar.

Esa siniestra manía suya de repartir mamporros a diestro y siniestro, sin pararse a preguntar y midiéndonos a todos por el mismo rasero no ha de depararle nada bueno, señor mío.

Tiene dos opciones...
Puede usted retirarse de una bendita vez a disfrutar de una pomposa prejubilación. Supere sus miedos y dese la gran vida. Déjenos seguir ejerciendo nuestras marginales labores, a fin de cuentas desempleamos una labor social más y justificamos con nuestros actos la existencia de la policía.
O puede seguir con su cruzada de justiciero de la noche... Permítame en ese caso recordarle una vez más que sabemos donde vive... tarde o temprano tendrá usted que dormir, bajará la guardia...
Con la venta en el mercado negro de un bat-móvil como el suyo, podremos vivir a cuerpo de rey unos veinte de los nuestros durante unos cuantos años.

Reflexione, tarado.

lunes, junio 13, 2005

12. pueblos de cemento

Se nos ocurre de repente aprovechar la mañana del sábado y adentrarnos a la aventura por estas tierras del árido levante español.
Vamos riendo en nuestro coche... escuchando la música de siempre. Estamos llenos de entusiasmo, nos queremos tanto que nunca hemos dejado de ser amigos. Dejamos que el viento entre por las ventanillas bajadas y que nos despeine a su antojo. Nos miramos a través de la maraña de pelos y nos reímos juntos, ajenos a las miserias del mundo.

Seguimos a la deriva por la concurrida carretera... la línea discontínua se sucede monótona, el asfalto hierve bajo el sol abrasador. Llevamos el depósito lleno, llevamos bocadillos, llevamos dinero, nos llevamos el uno al otro...
No sabemos bien hacia donde vamos. Tampoco nos importa... nos sentimos tan felices por estar juntos que a poco que el paisaje nos regale algún detalle nos mostraremos satisfechos.

Pero el paisaje no existe...
Alguién demasiado enfermo se vengó de la humanidad quemando los bosques de esta zona. Un manto gris y blanco de cenizas y polvo se extiende hasta el horizonte. Aquí y allá... siniestros troncos negros clavados en la estéril tierra. Ayer eran árboles y refugio de miles de diminutos seres, hoy son esqueletos carbonizados e inútiles.
Apagamos la música y seguimos unos kilómetros en silencio, de repente se han apagado nuestras emociones.

Decidimos abandonar esta triste carretera, cogemos la primera salida y nos perdemos por caminos comarcales.
Bordeamos un pantano sin agua y acabamos atravesando pueblos de cemento sin árboles. Pero no es que sus árboles se quemaran también en el incendio... recuerdo de repente dónde nos encontramos: las gentes de estos lugares odian el verde... ven brotar una brizna de hierba y arrojan encima una paletada de cemento fresco. Los árboles son vistos como simple madera, los parques como posibles aparcamientos futuros, las flores como regalos poco prácticos que acaban marchitándose... mejor regalarlas de plástico o de tela.

Camiones amenazadores, un matadero, amarillos pubs de carretera, fábricas con patéticos logotipos, un perro atropellado, escombros amontonados a los lados del camino...

Nos sentimos como dos astronautas perdidos en un planeta hostil de atmósfera irrespirable.

miércoles, junio 08, 2005

11. ¡ taxi !

¡Taxi!
He cerrado todos los bares de la ciudad y me tambaleo ligeramente de un lado a otro por la acera con el brazo extendido en alto y el dedo índice señalando a las nubes, confiando en que el taxi se detenga al fin.

Abro la puerta... al lado del taxista hay una mujer con bigote cruzada de brazos que parece ser su señora. Quizá padezca de insomnio, o no se fíe de su marido, o simplemente no puedan estar el uno sin el otro.
Saludo mientras me acomodo en el inmaculado asiento trasero... Estuve ensayando el hola, buenas en la acera... entonces lo hacía correctamente, una pronunciación perfecta. Esta vez sin embargo creo que me ha salido un balbuceo casi indescifrable, aunque el último cubata me sentó tan bien que ni siquiera estoy seguro de ello.
La mujer del bigote me saluda con una voz honda y tenebrosa que me recuerda inmediatamente a Darth Vader. Dice: BUENAS NOCHES. Levanto la mirada esperando que diga algo como: VEO QUE OBI WAN TE ENSEÑÓ BIEN o algo por el estilo, pero permanece callada. Mientras, los ojos del conductor me analizan desde su espejo retrovisor central. Intento no hacer ningún movimiento que delate mi estado de embriaguez, intimidado como me siento, mientras me concentro durante esos tensos segundos en dictarle al taxista mi destino...

Lamentable, he tenido que repetirlo al menos dos veces. Al final creo que me ha entendido... al menos estamos en marcha hacia algún sitio y las calles ya me son conocidas.

La radio no para de ladrar temazos antígüos de la Piquer, de Joselito, de Lola FLores incluso, mientras la copiloto de la voz oscura intenta acompañar las letras tarareando. Su compañero al volante no abre la boca más que para bostezar... lo lleva haciendo ininterrumpidamente desde que subí, lo que contribuye a aumentar mi inquietud todavía más.

Al menos agradezco que no me haya tocado en suerte esta vez el clásico taxista hablador. No sería capaz en mi estado de entablar conversación alguna con él. Este, por el contrario, es de esa otra clase de taxistas calvos y pequeñajos que rozan la jubilación y que se encuentran demasiado cansados ya de tantas horas al volante durante años. Me dedico a escuchar el ronroneo del motor, mientras cierro los párpados y me imagino más cosas de la vida del taxista.

¡QUÉ VERGUENZA, CÓMO ESTÁ LA CALLE DE BASURA!
¿Uh? La copiloto me ha sacado de un porrazo de mi burbuja somnolienta, y por lo que se ve también a su marido ya que éste ha aceptado de inmediato la proposición de debate. Juntos han abierto la caja de pandora de los males de la humanidad y ahora ambos atropellan las palabras del otro lanzando de repente consignas contra la juventud, contra la industria hostelera, contra los basureros, contra los políticos, contra la enseñanza, contra los inmigrantes, contra los preservativos, contra los seguidores del equipo de fútbol rival, contra la Fanta de naranja, contra los paquetes de pipas...

Me aferro ansioso a mi billete de 10 euros, jurándome a mí mismo no volver a coger un taxi en mucho tiempo.

miércoles, junio 01, 2005

10. soy miope

Suena el despertador... Durante unas milésimas de segundo hago el amago de intentar localizarlo con la mirada, me acuerdo al instante de que soy miope.
A mi alrededor reina un mundo de manchas desenfocadas y blanquecinas, los distorsionados rayos del amanecer me insinúan cuanto apenas los volúmenes y los colores de los objetos.
Palpo la borrosa atmósfera buscando apagar el pitido de mi viejo Casio sobre la mesita, pero mi mano se lleva por delante un comic, unas cuantas monedas, un rotulador... y a punto estoy de arrojar también al vacío las gafas de visión.

En la ducha, una aventura a ciegas buscando el champú... ¿El bote correcto era el que formaba aquella difusa mancha verde, o ese era el bote del gel? Acerco el recipiente hasta la punta de mi nariz... menos mal, estuve a punto de ponerme el gel en la cabeza, luego se me queda el pelo estropajoso.
Cierro los ojos bajo la ducha mañanera y me dispongo a disfrutar del murmullo del agua, mi mente empieza a navegar...

Mi miopía siempre estuvo conmigo... Siendo niño, recuerdo estar bañándome en el atlántico, la fuerte marea y el oleaje arrastraban mi ligero cuerpo a lo largo de la costa. Llegaba la hora de salir del agua y entonces empezaba el tormento... un niño miope caminando errante por las ardientes dunas de la playa, intentando diferenciar las manchas de color de la sombrilla de sus padres de entre todas las demás. Agosto... cientos, miles de sombrillas. Indefenso en aquel desenfocado infierno de arena.

Yo era un niño hermoso. Eso dicen al menos mi abuela y mi madre y hasta el día de hoy no tengo constancia alguna de que estas dos maravillosas mujeres hayan mentido vez alguna. Era hermoso pues (todos los niños lo son), pero la miopía se desarrolló en mí y vino a hacer mi infancia imperfecta: Corrían los años 70 y mi madre siguió la moda de entonces. Resultado: un niño tímido y semi ciego, acomplejado por las enormes gafas de sheriff de Alabama que descansaban sobre su nariz.
Muchos que entonces me llamaban "cuatro ojos", o "empollón", o "cegato", o "gafudo"... acabaron con el tiempo necesitando gafas ellos también, tragándose sus propias palabras y sufriendo una humillante lección de humildad.

Aprendí a vivir con mi defecto y llegué incluso a sacarle provecho...
En su día me libré de hacer el servicio militar. Entonces me alegré muchísimo... siempre preferí ser yo el que decidiera personalmente en qué perder el tiempo, no tenían que venir unos señores de uniforme a robarme un año de juventud.
De adolescente solía usar la caída de mis ojos para flirtear, exageraba el aspecto cansado de mis párpados y explotaba la clásica mirada de miope que tanto gusta a cierta clase de mujeres. Éxito practicamente asegurado y arma mucho más letal que los músculos, labias o poderes adquisitivos de algunos otros.

Seis dioptrias en cada ojo... Parece que las malditas se han quedado finalmente estancadas y no van a más.

sábado, mayo 28, 2005

09. calenturas veraniegas

Las semanas van pasando imparables, el verano se aproxima y con ello se me disparan la líbido, el deseo, la calentura mental y los impulsos más primarios.

Durante el año no suelo desnudar a las mujeres con la mirada, tampoco soy el clásico indivíduo que se gira para ver pasar al último monumento andante. No voy pensando en sexo por la calle, ni suelo fijarme en los atributos de las mujeres.
A menudo algún amigo me pregunta: ¿Has visto cómo estaba aquel bomboncito? Y me sorprendo a mí mismo contestando que no, que no sé si tenía los pechos tristes o por el contrario generosos, o el trasero voluminoso o más bien discreto.
¿Qué es lo primero en lo que me fijo de una mujer? No tengo ni idea. ¿En el pelo? ¿En la nariz? ¿En los meñiques? ¿En los sobacos?
Mi gente no me cree, piensa que estoy mintiendo o que ando alelado. En ocasiones acabo percatándome del volumen de ciertas partes anatómicas de alguna doncella en particular a la que ya había visto anteriormente y entonces me digo a mí mismo... Decididamente, no soy un buen observador.

Pero en verano, mi metabolismo sufre un cambio radical...
Las maravillosas y del todo imprescindibles mujeres combaten el calor librándose de tanto ropaje artificioso. Sus pieles sudorosas relucen bronceadas por los rayos del cercano sol, mientras pasean orgullosas sus depilados cuerpos y disfrutan graciosamente del socorrido helado o refresco.
Mientras... los albañiles enloquecen de celo y arriesgan sus vidas oteando desde los andamios, los conductores descuidan la atención y frenan de golpe en los semáforos, los hospitales se llenan de tipos con esguinces de cuello y de otros que han recibido un bolsazo motivado por un piropo incontrolable.

El calor del verano nos trae escenas eróticas en momentos o lugares que durante el resto del año permanecen monótonos o apagados...
Una mujer recogiéndose el pelo en una fuente, otra abanicándose el busto en su ventana, otra vestida de bañador camino de las playas o piscinas...
Con la luz veraniega, me doy perfecta cuenta de que poseo otra percepción... mis ojos observan curiosos y agradecidos por el espectáculo, intentando retener tanta información, y rara es la mujer que durante esta estación no me resulta hermosa e irresistible.

Si yo hubiera nacido en otra época, (pongamos por caso el neolítico), sé que los instintos animales se habrían manifestado ante la ausencia de sentido común o razonamiento. Sé que el primate que aún llevo dentro y al que jamás he renunciado, no habría podido resistir la llamada de la naturaleza y habría acabado sucumbiendo a tanta tentación.
La razón contra el instinto, por lo que pueda pasar.

Duchas frías... mucha ducha fría para combatir estos impulsos no del todo apagados.
¡Grouaarrgghhh!

miércoles, mayo 25, 2005

08. tarde de fútbol

Uno de los tipos en pantaloncito corto le metió una patada muy fuerte al balón, tan fuerte que el indivíduo de la gorra (que era del otro equipo y que tenía por misión impedir que le hicieran goles) no pudo detener el obús aunque llegara a tocarla con sus manoplas.
Entonces todo el estadio se puso en pie y rugió un estremecedor alarido en forma de estirado monosílabo: ¡GOOOOOOOOOOOOOOOL!
Yo me quedé sentado y pensé: ¡Qué barbaridad!
El monosílabo me golpeó los huesos y fue dilatando su duración en el espacio acústico, resonando en el graderío de aquel moderno coliseo romano mientras todo el mundo a mi alrededor reventaba de felicidad. Todos tremendamente dichosos de repente; aplaudiendo, estrujándose los unos a los otros en apasionados abrazos... todos con la sonrisa de oreja a oreja dando ridículos saltitos de alegría.
Animalicos.

El equipo local dominaba en el juego y en el marcador. Mi amigo, un forofo empedernido, me había invitado al acontecimiento y permanecía sentado a mi lado feliz y realizado, no en vano era su equipo el que ganaba, aunque comentando también conmigo historias sobre el alienamiento de las masas, sobre el pensamiento único o sobre los procesos de negación del indivíduo... ese tipo de cosas tan típicas de un domingo de fútbol.

Acabó la primera parte.
Cenamos un frío bocadillo en el descanso, saltaron los gladiadores a la arena y fue avanzando la segunda mitad, siempre con el equipo local como claro dominador.
Pero mira tú por donde, cosas del fútbol que dicen, en una absurda jugada un tipo canijo del equipo rival se metió en el área a trompicones... cayó él solo al suelo y casi sin ganas estiró la pierna en un intento vano por rematar. Un defensa local saltó para evitar la zancadilla, con tal mala suerte que golpeó con su rodilla al balón. El portero tuvo que mirar hacia la nueva trayectoria del esférico, pero quedó momentáneamente cegado por uno de los focos del estadio. Nada, cuestión de milésimas de segundo, pero el deslumbre, unido al ligero corrimiento de su lentilla derecha, permitieron que la pelota se colara en la portería botando mansamente, previa carambola con el poste.
Era la primera vez que los visitantes se acercaban al área local y acababan de empatar el encuentro por un capricho del destino, por la mera mala fortuna, por toda una serie de pequeños dramas futbolísticos que desafiaban toda ley de probabilidades.

Durante los diez minutos que restaban de partido, el panorama iba a cambiar...
El público local, predispuesto a la irritabilidad y con demasiada represión escondida, se dedicó a silbar a su equipo cada vez que tocaba la pelota.
Se pasó de repente de la alegría más absoluta a una rabia y a un tremendismo que rozaban el linchamiento. En cuanto al defensa del rodillazo... nunca había oído yo tantos insultos juntos... Que si la madre del jugador tenía un pasado oscuro, que si él mismo trabajaba para el enemigo, que si debería irse buscando otro club, que si tenía las botas cambiadas de pie... Aquel pobre tipo parecía haberse convertido en el enemigo número uno de la humanidad, en un tirano genocida, en un asesino en serie sin escrúpulos.

A mí me importaba un pepino quién ganara el partido...
De adolescente practicaba este deporte en ocasiones, aunque era el típico chupóptero, el parásito permanente del área contraria, el irritante delantero que jamás bajaba a defender. A mí me gustaba jugar al fútbol con mis amigos, pero a mis amigos no les gustaba jugar al fútbol conmigo.
Con el paso del tiempo este deporte ha terminado por resultarme antipático...
Se ha convertido en una auténtica religión, en un negocio de suculentas ganancias, en un